Cerré un blog anterior hace unos meses por varias razones, la principal entre ellas fue que mi vida se había convertido prácticamente en una revista semanal expuesta a vista de todo aquel que quisiera verme. Yo no tenía control sobre quién me conocía o no, y a pesar de que la celebridad es seductiva y tentadora, hay momentos de saturación en los que se quiere dejar las cosas atrás.
Viene al tema ahora algo que escribió Anthony Burgess en el prólogo de "A clockwork orange", no recuerdo exactamente las palabras como para citarlo pero sonaba a algo como esto:
"Uno puede borrar lo que escribe, pero nunca podrá destruirlo"
Suena más heróico y trascendental de lo que quiso sonar en su versión en inglés, pero encaja perfectamente con lo que me ha estado pasando por la cabeza las últimas épocas, en mi papel de escritora amateur. Encontré archivos viejísimos en la computadora, escritos por mí. Verborreas de sentimientos, pensamientos, máximas y mínimas, descripciones, diarios de adolescente mujer y listas de todo lo que quería -quiero- llegar a ser. Y a la vez de sorprenderme el cuánto he cambiado a través de un puñadito de años, me divierte y me hace entender muchas cosas, la forma en cómo miraba el mundo antes.
Todo hace parte de lo que soy hoy, y el haberlo dejado plasmado, registrado, de forma escrita alguna vez, reafirma mis pensamientos sin que yo misma lo hubiera planeado. Es confuso. Leer lo que escribí hace años es un viaje en el tiempo, ni más ni menos. Recordar muchos detalles de las circunstancias escritas, el contexto, las personas. Viajar en el tiempo, a veces con destinos más agrios y fríos que otros con mucho sol.
Por eso digo que todos los artistas, generalmente catalogados como introspectivos, temperamentales, incomprendidos, son personas increíblemente seguras de sí mismas y no se dan realmente cuenta. Porque en su obra -cualquiera que fuese el tipo de arte- dejan plasmada a la persona que fueron en alguna época de su vida. Crecen y evolucionan a vista y paciencia del público, lidian con contradicciones personales en un escenario permanente e incontrolable una vez comenzada la función.
Escritores, pintores, escultores, músicos, actores, chefs, cineastas, y de todos los demás de quienes seguramente me olvido, son entretenimiento, más allá de lo que ellos piensan. Más allá de lo que entregan, ellos se entregan en sus letras, trazos, golpes, notas, movimientos, combinación de condimentos, cuadros y todo lo demás que, seguramente, me olvido ahora.

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