El otro día hablaba con una amiga de obsesiones o fijaciones que tenemos con ciertas cosas/épocas/temas/objetos. Todo ello sin necesariamente estar ligado a un significado especial, es decir, el hecho de que te obsesionen los reality shows, no te categoriza inmediatamente en la categoría de americano promedio sin oficio que se regodea en la desgracia ajena, no. Los reality shows pueden hacerte sentir mejor, claro, pero sería como buscarle la quinta pata al gato. A mí me obsesionan los reality shows no por los temas elegidos como fondo (uno más extraño y forzado que el otro) sino por la exposición retocada, envitrinada y surreal de la naturaleza humana. Digo esto porque, evidentemente, no es natural lo que se ve, es más bien el conjunto de instintos humanos exhacerbados, ávidos de público, reconocimiento, fama. Al final del día, me parece, lo más perseguido por el común de las personas, es el reconocimiento. Por eso hay rufianes, por eso hay mosquitas-muertas, por eso hay artistas en general, porque lo que expresan los proyecta a un nivel reconocible, los saca del montón de personas que lo único que hacen es ser público.
Por eso el internet me confunde tanto, porque así como es un soporte novedoso, barato, fácil y manejable para el arte, también hace que el arte sea más accesible, inmediato y deshechable.
Como escribir una novela en un blog. Es muy diferente a ofrecer una novela a 20 editoriales y ser rechazado una y otra vez hasta mejorarla. El internet facilita todo el proceso. Lo malo es que se salta el paso de digestión, o sea que si lo consumido no es saludable, lo que obtendremos en retorno, sin más pasos intermedios, es pura mierda. Del plato a la boca, y de la boca al inodoro.

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